Quiero anotar un gol
COLUMNA
Por: Pamela Ospina

Soy mujer y me encanta el fútbol. No tengo lío con aquellas que creen que es ridículo perseguir un balón, tratando de hacerlo entrar entre tres palos. Tampoco tengo lío con los hombres que creen que el hecho de que me guste el fútbol me define como chica atrevida o fuera de sus posibilidades. Me gusta el fútbol y punto. Me gusta porque me agita el cuerpo entero… ¡Deberían ver cómo me reviento para llegar de un lado al otro de una cancha, sin glamour alguno, muchas veces sólo para morir de la risa con mis compañeras, cuando todo ese esfuerzo desemboca en un puchero de no haber alcanzado mi propósito! No digo que soy mala -nada más anoche anoté un golazo desde mitad de cancha que juro que no fue por azar- pero, sin temor a ofender a algún purista, una de las cosas que más amo de practicar este deporte es que es imprevisible e imperfecto.
Puede ser porque no soy un deportista de alto rendimiento, sino una loca multifacética que ama a la “pecosa” como la llaman los locutores deportivos, pero amo la posibilidad de jugar con errores, de rodearme de mujeres que entienden que sobre una cancha también se lucha apretando los dientes, a la par que se construyen lazos inquebrantables, y todo sin la presión de tomarlo demasiado en serio. Así disfrutamos la pasión del fútbol, como tantas otras pasiones que nos arroban a diario: con desbocamiento. Somos niñas que pueden despeinarse, que saben luchar un balón, pararlo con el pecho, saltar sin temer verse “imperfectas”.
Por lo general juego como delantera y esto supone varios riesgos peores que “dañarse una uña” y que, para mi forma de ser, son totalmente abordables. Un delantero puede ser lesionado por un defensa, por un balón fuera de control, por el arco si no sabe detener su andar… pero todos estos riesgos parecen realmente menores al lado del riesgo que hallo cuando, al encontrarme frente al arco, no logro hacer que la pelota entre. “Un delantero vale por los goles que marca” es una frase que los entrenadores proliferan a menudo, buscando alentar a quienes tienen esta posición a romper sus propias barreras, a dar ese poco más para acertar y dar victoria a su equipo. Aún así, en ocasiones esta frase parece procurar más terror que inspiración. “Un delantero vale por los goles que marca” parece hacer eco en la vida de alguien que ve más allá del simple valor de una anotación deportiva. ¿Qué hay del resto? En la cancha, ¿vale también, o no, el esfuerzo por quitar el balón, por pasarla a un compañero, por correr hasta alcanzar al menos a rozarlo con el pie? ¿Valen o no los múltiples balonazos contra el palo, aquel que rebotó contra las piernas de un defensa, el que el arquero tapó con la punta de los dedos? ¿Valen los intentos? Puede ser que todo eso no gane un partido, que los miles de esfuerzos realmente no reflejen mucho y no sean tan satisfactorios como esa emoción cuando la pelota llega al fondo de la red y todos saltan de alegría… pero valen para algo… ¿no? No es cuestión de darse valor con “pajazos mentales” como “Messi no metió goles en el mundial y aún así es un teso.” Se trata de algo más. ¿Qué hay de los amores fallidos, de los concursos no ganados, del corte de cabello arriesgado que salió mal, de los proyectos desarmados? ¿Qué hay de tantos esfuerzos que, en ocasiones, no alcanzan a ser un golazo?
Los buenos jugadores no son aquellos que se paran al final de la cancha, al frente del arquero contrincante, esperando que un balón les rebote en la frente para anotar un gol por suerte y sentir ese triunfo robado a los siete dioses de la fortuna japoneses. Los buenos jugadores son los que crean su propia fortuna, jugándosela con los compañeros que hallan en la cancha… todos dioses cuando al fin esa fortuna les sonríe.
Yo quiero anotar un gol. En la vida, en el amor, en la música, en todo lo que hago, yo voy por el gol… y si me toca chutar al arco mil veces, lo haré mil veces, y si caigo, caeré, pero que nadie me diga que un delantero vale sólo por los goles que marca, que nadie me diga que una mujer vale por los hijos que tiene, que un músico vale por los discos vendidos, que un amor vale sólo por los momentos felices. Todo intento es un paso hacia delante, todo error es una enseñanza que nos impulsa a acercarnos más la próxima vez. Nadie es perfecto y si lo fueran serían aburridos y blandos y totalmente terribles.
Habitamos la imperfección porque en ella está lo hermoso. Habitamos la imperfección porque en ella está la Verdad, que es totalmente imperfecta e inexacta. Nuestras vidas son nuestras grandes obras, a la vez, nuestros grandes partidos: valen más que sus resultados finales.
Vale el viaje, el viento en el rostro, ese instante en que te sacas a uno, a dos, a tres… esa lucha, vale. Si lo anotas, te aplauden. Pero si no, siempre puedes decir “Así es el fútbol”, aplaudirte tú mismo e intentar de nuevo.







